jueves, 21 de agosto de 2008

El aventurero vasco que devoraron los indios


El último explorador El aventurero vasco que devoraron los indios Pedro Enrique Ibarreta Uhagón (1859-1898), un singular aventurero que se adentró en la Sudamérica más salvaje
Constructor de ferrocarriles en el Chaco argentino. Buscador de oro en Bolivia. Cazador de hombres en la Guerra de Cuba y, al fin, cadáver abandonado a la voracidad de los hombres y las fieras en los infectos pantanales del Pilcomayo, que nace en las selvas de Paraguay. Ése fue Pedro Enrique de Ibarreta Uhagón, el último gran explorador español, de quien ahora se publica una biografía.

Por José Antonio DíazBilbao, 1859. En el seno de una ilustre familia burguesa con ansias de nobleza nace un niño al que sus padres ponen por nombre Pedro Enrique Joaquín Manuel Ibarreta Uhagón. Su progenitor es un reputado ingeniero, dos de sus tíos ocupan posiciones preeminentes en el Banco Español de San Fernando (antecedente directo del actual Banco de España) y el Banco de Bilbao, y su padrino no es otro que don Pedro Francisco Goossens y Ponce de León, secretario de Isabel II.

Dinero y prestigio no faltaban en casa del joven Enrique, que tras cursar sus primeros estudios en Bilbao, gustaba de pasar las tardes de su infancia correteando por los campos y bañándose en la ría del Nervión. De aquellas relajadas jornadas de 1871 datan nuestras primeras noticias sobre el carácter del futuro explorador. Por los escritos de sus coetáneos sabemos que Ibarreta era una especie de audaz pillo sin miedo, una fuerza de la naturaleza que, pese a sus pocos años, parecía no temer a nada ni a nadie.

Por desgracia, la placidez de su infancia iba a verse interrumpida por el estallido de la III Guerra Carlista (1872-1876). Tras aguantar casi un año de asedio en aquel Bilbao martirizado por la caída de las bombas, un tiempo en el que la gente se protegía bajando a vivir a los sótanos y cubriendo las ventanas con cueros de vaca y sacos terreros, don Adolfo de Ibarreta decidió sacar a su mujer y a sus hijos de aquel infierno de cascotes y metralla. De común acuerdo con otras familias, y con el beneplácito de su cuñado don Felipe de Uhagón, por entonces alcalde de la Villa, fletaron un remolcador con casco de hierro, el San Nicolás. Mont de Marsan (sur de Francia) primero y Londres después fueron testigos de las nuevas experiencias que habría de afrontar el joven en los tres años siguientes. Estudiar, aprender francés e inglés y manejar la espada con soltura parecen haber sido sus principales obligaciones. Y meterse en líos.

A comienzos de 1876, volvió a Bilbao, instalándose en el palacete de estilo francés de su familia. Dos años más tarde, su padre pensó que tal vez la milicia atemperase el fuerte carácter de Pedro Enrique, de ahí que le hiciera ingresar en la Escuela de Ingenieros de Guadalajara. Entrar por una puerta y salir por otra. Ese podría ser el rápido resumen de la fugaz vida castrense de aquel joven ciclón, dado que apenas aguantó 10 meses con el uniforme puesto.

Cuentan que era la viva imagen del arrojo y la temeridad, pero también de la indisciplina. Pero había algo que no soportaba: que ofendieran a los más débiles o que se burlaran de él. Fue por eso por lo que se enzarzó en un duelo a pistola en el que resultó herido. Un duelo que selló su destino, pues a raíz de aquel incidente y quizás forzado por su padre, Pedro Enrique pidió la baja en la Academia.

Como para muchos otros vascos, la emigración a América pareció ser su tabla de salvación, puesto que entre los suyos no encontraba acomodo. En 1893 viajó a la República Argentina, viviendo en Buenos Aires, Rosario y Córdoba, ciudad esta en la que desempeñó el cargo de vicecónsul de España al tiempo que conseguía el título de Ingeniero Geógrafo en su Universidad.

La Argentina de aquel entonces era un vasto país despoblado, de ahí que el general Julio Argentino Roca, presidente de la República, enviase comisiones al lejano Oeste americano en busca de maestras y de vaqueros acostumbrados a la dura vida del campo. La misma a la que rápidamente se acostumbró Ibarreta como tantos otros de los llamados “gauchos vascos”. Trabajando para Casado del Alisal –palentino que construyó el ferrocarril que unía La Candelaria con Rosario– se dedicó a explorar 500 kilómetros cuadrados del Chaco argentino, una llanura inmensa plagada de bosques áridos, selvas y pantanos, un espacio salvaje de indiadas errantes y en el que vivían yacarés, vampiros, monos aulladores, cérvidos, jaguares, pumas y más de cien especies de víboras y serpientes.

Atacado por un jaguar. Realizando mediciones topográficas y cartografiando el terreno para la futura construcción de un ferrocarril, Ibarreta estuvo a punto de morir bajo las garras de un jaguar. Lejos de arredrarse y terminado su trabajo, convenció a sus compañeros para cruzar el Chaco de Este a Oeste. Nunca lo hizo. Perdidos y sin alimentos, comidos por los insectos y acosados por los indios, vagaron durante ocho meses por aquellas inmensas soledades. En Santa Fe y España se celebraron solemnes funerales por su alma, y mientras su familia vestía luto, él salió de la nada, como escupido por la selva.

Buscando oro y aventuras, se sumergió en la selvática frontera entre el Brasil y Paraguay. Ahora fueron las pirañas las que estuvieron a punto de acabar con su vida. Enfermo a causa de las picaduras de los insectos, volvió a España para recuperarse. Estando aquí estalló la Guerra de Cuba. Profundamente patriota, pospuso sus futuras exploraciones americanas para combatir en aquella isla. Tras equipar una guerrilla pagada de su propio bolsillo, se dedicó a cazar hombres durante año y medio. En 1897 le encontramos de nuevo en la Argentina. Inquieto como siempre, decidió buscar oro en Bolivia. Vagabundeó sin fortuna por la serranía de Jujuy, en los mismos parajes y lugares en los que, diez años después, habrían de encontrar la muerte dos célebres forajidos americanos: Butch Cassidy y Sundance Kid.

Pero el oro se le resistía y ante este nuevo fracaso decidió encarar un viejo proyecto: explorar el temible río Pilcomayo. Era un río salvaje, tenebroso y de mala fama, trasunto americano del oscuro y abominable Congo que pinta Conrad en El corazón de las tinieblas. Los indios le llamaban Pilcu-Mayu o río de los Pájaros. Intentando su navegación habían muerto un buen puñado de hombres, extremo que no arredró a Ibarreta. Los que le querían bien intentaron disuadirle, pero fue en vano. Tras construir dos chalanas sin proa ni popa, cajones cuadrados con troneras que impedían la navegación de vuelta atrás en caso de que pintasen mal las cosas, partió de Colonia Crevaux un 23 de junio de 1898.

“Mi expedición es, en chico, a lo Hernán Cortés: no puede materialmente retroceder”, decía en la carta de despedida que envió a uno de sus amigos. Junto a Ibarreta viajaban su compadre, el aragonés Martín Beltrán, y ocho peones, añadiéndoseles a última hora un joven llamado Manuel Díaz y dos indias tobas que les sirvieron de intérpretes en las primeras jornadas de navegación.

Lo que aconteció de allí en adelante cabe en una palabra: desastre. Fuertemente armados con rifles Winchester, pistolas y bombas de dinamita, los exploradores descendieron el Pilcomayo enfrentándose a una naturaleza hostil. Crecidas, tormentas, sed y hambre fueron sus principales enemigos. También se enfrentaron a los indios, pero sin derramar sangre: bastó con utilizar cohetes de feria y voladores para amedrentarles y mantenerles alejados.

Luego, el río comenzó a asesinarlos. Los testimonios de exploradores anteriores hablan del Pilcomayo como de un río cruel. Las chalanas quedaron embarrancadas en una zona pantanosa. No había agua para seguir navegando, ni tampoco comida, dado que los exploradores hacía tiempo que se habían comido a los dos perros de la expedición. A la desesperada, Ibarreta mandó a sus hombres en busca de socorro. Él, testarudo, se quedó en las chalanas con un peón enfermo de malaria y el niño Díaz.

De lo que aconteció después, tenemos noticia por los dos únicos supervivientes de aquella expedición, los peones Florentino Leiva y Rómulo Giráldez. Contaron como durante tres meses vagaron perdidos por el Chaco. Sin comida, sin agua y sin ropa, víctimas de la debilidad y las diarreas, sus compañeros fueron muriendo uno tras otro. Ellos se salvaron de pura casualidad, tras encontrarse con los indios “mansos” de una misión anglicana. Para entonces ya habían comenzado a llegar rumores que decían que Ibarreta y sus compañeros habían muerto a manos de los indios, temiéndose que hubieran sido asesinados por los tobas, que tenían como costumbre decapitar y comerse a sus víctimas. En socorro de Ibarreta partieron numerosas expediciones militares, que al no encontrar los restos del explorador y sus compañeros, aprovecharon la ocasión para matar indios, cuando no para capturarlos y venderlos para su exhibición en circos europeos.

Finalmente fue un millonario masón argentino, don Juan Canter, quien sufragó los gastos de la expedición que recuperó los huesos de Ibarreta. Carmelo de Uriarte, amigo del explorador, y un buhonero asturiano amigo de los indios, José Fernández Cancio, dieron con sus restos y erigieron una cruz en el lugar donde le mataron a golpes de macana. Luego, la vegetación y el olvido sepultaron su tumba. Fue Baroja y sobre todo Blasco Ibáñez quien 10 años más tarde, en Argentina y sus grandezas, le calificó de “caballero andante de la geografía, paladín sin miedo y sin tacha de la ciencia, varón de heroicas acciones, cuyas hazañas hacen recordar a los hombres de los primeros años del Descubrimiento”.

“Ibarreta, el último explorador. Tragedia y muerte en su expedición por el río Pilcomayo” (Miraguano Ediciones), de José Antonio Díaz, acaba de ser publicado. 304 páginas. 26 euros.

1 comentario:

kili fischer dijo...

Interesante historia Cesaruchón. Ya me gustaría tener las agallas de ese hombre frente a todas esas situaciones poco favobles. Julio.